Milagro anónimo

Tengo una nueva oportunidad, pero no sé por qué.

Cerré los ojos y empezó la operación. Terminó. Ahora escucho a un doctor que me dice que estoy bien. De inmediato dan la orden de llevarme al salón y me dirijo saludando a todos los pacientes. Son mis amigos, ya hemos hecho una amistad. Levanto la mano y sonrío.

– ¿Este es el muchacho del milagro?, preguntó un interno del Hospital Max Peralta.

– Este es, dice su compañero.

-¿Cómo, por qué milagro?, pregunto sin entender nada.

– Fíjate vos que no tenés nada. El doctor te abrió y no hay nada. Buscaba y buscaba y no tenías nada.

Aún no lo creo. Ahora lo escucho del médico que me operó.  “Manuel, estás sano”.

Analizo cada sílaba. En 29 años de vida nunca había sentido esa alegría. Por fin salgo de este desierto. Desde que yo estaba en la escuela tenía problemas en las piernas. Yo no podía ir a bañarme a los ríos de Cachí, en Cartago, porque durante la noche me daba un fuerte dolor en las piernas. Quizá desde ese momento ya estaba enfermo, pero el  dolor desapareció cuando entré al colegio.

Ya con 26 años vi como la parte detrás del muslo estaba muy roja, y decidí ir donde el doctor del trabajo. Él me dio unas cremas  y una referencia para visitar un dermatólogo.

“Manuel, esto no es un problema muy grave. Es una alergia que vas a tener de por vida y por eso te vamos a dar otras cremas”.  Mi próxima cita con el dermatólogo sería 6 meses después. Para ese momento el ardor aumentó, pero las marcas en la piel sí desaparecieron.

El dermatólogo era un doctor muy experimentado, pero cuando le expliqué de nuevo el problema, simplemente  respondió que la enfermedad siempre iba a estar. Ya en  mi tercera cita con este especialista sí me asusté. Ni siquiera me  revisó, solo me dio las mismas cremas, pero el dolor cada vez era más agudo.

Así que decidí visitar a otra doctora de medicina interna. Yo estaba un poco ignorante porque la gente me decía que fuera donde alguien de medicina interna y yo creía que era como una revisión por dentro. Ella simplemente me dijo que en la piel no se notaba nada y que probablemente el problema era de origen muscular.

Me mandó unos exámenes, pero por la vía privada eran bastante caros y no me los hice. Hoy me arrepiento porque a veces uno gasta plata en otras cosas y deja la salud de lado. Yo no me preocupé porque era tan solo un problema en los músculos.

Pero  todo fue empeorando. Antes  yo corría algunas competencias de atletismo. Yo hacía la carrera La Candelaria o la del Colegio del Covao, donde estudié contabilidad,  pero con este problema  ya no podía correr. Ni siquiera podía caminar grandes distancias.

Luego conocí a una muchacha que trabaja como fisioterapeuta; ella me examinó y descartaba cualquier problema muscular.  Más bien me dijo que se trataba de una complicación vascular.  Entonces ahí empecé a buscar otro especialista.

Yo tenía que ajustar el dinero, cada cita me costaba casi 40 mil colones. Y así llegué a un nuevo consultorio. Allí determinaron que la sangre fluía bien en mi cuerpo, por lo que ahora el problema se enfocaba  como algo neurológico. Tenía que ahorrar de nuevo y este  problema ya acumulaba casi 18 meses.

A finales del 2012 empecé a buscar un neurólogo. Las festividades de fin de año se interpusieron en mi camino. Esta vez tampoco me preocupé mucho. Era una simple debilidad en las piernas. Pero con el nuevo año me empezó un nuevo síntoma: la dificultad para orinar. Nunca pensé que estuviera relacionado.

La primera vez que tuve un problema fue en las fiestas de Palmares, porque tenía ganas de orinar y no podía. Me esperé mucho tiempo y ya después no pude orinar. Todos me decían que era colon inflamado y empecé a tomar pastillas para eso.

En esa época yo tenía una novia y un domingo decidimos salir a ver una película. De camino al Paseo Metrópoli me agarró un dolor insoportable.  Fui a una de las farmacias del mall y la respuesta de la muchacha fue preocupante. “Muchacho si no puede orinar tiene que ir a emergencias”.

El dolor fue en aumento y necesité de una silla de ruedas para llegar al hospital. Yo deseaba que me abrieran, No aguantaba hasta que empecé a pegar gritos. Necesité de una sonda para expulsar la orina. Según los doctores era demasiado líquido acumulado.

Un par de semanas después me volvió a pasar que orinaba solo poquitos. Me bloqueé de  la orina y otra vez para emergencias. Eran las 7 p.m. y esta vez no me pusieron la sonda, solo me dieron un aceite mineral.  Parecía que el remedio  funcionaba pero a las 5 a.m. el dolor regresó.

Llamé a la ambulancia, pero por trámite tenía que esperarme que abrieran el Ebais. Una vez más ponían una sonda. Para mucha gente el hecho de que te pongan una sonda es sumamente doloroso. A mí me aliviaba.

La situación se volvía cada vez más extraña y cada vez  sucedía más seguido. Yo seguía pensando que era el colon. En mi ignorancia creía que la solución era una gastroscopia.

Ya iba conociendo mi cuerpo y los periodos que podía aguantar para ir a orinar. A veces caminaba y tenía manchas de orina. En principio creía que solo me pasaba los días sábados, porque yo le ayudaba a mi papá en la feria. Me levantaba a las 3 a.m. y tomaba café. Por eso yo creía que eso me inflamaba el colon.

Por tercera vez, fui al servicio de emergencias del Hospital Max Peralta, y una doctora ordenó que me pusieran una sonda de inmediato.

-Muchacho ¿qué le ha dicho el urólogo?

– No doctora, a mí nunca me ha visto un urólogo

– ¿Cómo nunca? Hoy le ponemos la sonda, pero el lunes usted ve a un urólogo.

El lunes me hicieron un examen y decía que a pesar de que orinaba a poquitos, todavía me quedaban como 300 ml de orina. El urólogo dijo que me ponían una sonda fija hasta el día de la próxima cita. Me negué. Estábamos en  marzo, la cita médica sería en setiembre.

No lo podía imaginar. Quizá entré en ese grupo del 40% de los costarricenses que se encuentran insatisfechos con las listas de espera como dirá el periódico La Nación. Así que mientras tanto, yo iría a un médico privado.

Atrás quedaron mis esfuerzos  por visitar un neurólogo ahora mi objetivo era  llegar hasta un buen urólogo que resolviera mi situación. Una vez más tuve que alistar 40 mil colones. Encontré el urólogo y le expliqué la situación. Para él la solución sería una citoscopia, es decir una cámara que te introducen por el pene y los resultados dirían si son piedras, un tumor o el problema.

Para poder hacerme el examen debía ajustar 170 mil colones, por lo que mientras empezaría a usar una sonda todos los días. Nunca pensé que por el resto de mi vida llegaría a usar una. Es doloroso. Es como una especie de pajilla, pero un poco más larga. Lo más doloroso es a la hora de quitarla. Nunca voy a olvidar la primera vez que sangré. Me asusté mucho y me dije que sin duda necesitaba los 170 mil colones.

Cuando llegó el día esperado algo no me olía bien. Llegaron los resultados y yo no tenía absolutamente nada. “Te recomiendo que te busques un neurólogo”, me dijo el urólogo. Para mí eso fue como un balde de agua fría. Si hubiera ido antes, quizá la vejiga no se me hubiera dañado.

Una vez más tuve que ahorrar para ver otro especialista y así un neurólogo me diagnosticó un problema a nivel lumbar, un síndrome llamado “cono medular”. El proceso para mí fue eterno. Las enfermeras no entendían que era y tras una semana en Cartago me pasaron al Hospital Calderón Guardia para realizarme una resonancia el 14 de agosto del 2013.

Tras una junta de médicos, tres días después, se llegó a un nuevo dictamen:

“Manuel, tienes un tumor en la columna”. Esta era una de las tantas opciones que había leído en internet. Me lo dijeron en seco. Mi destino quedaría en manos de un neurocirujano.

Al menos ya no sería necesario asistir a mi cita programada para setiembre. Quizá se contabilizó entre las 500 mil citas que se reportaron con ausentismo en los 29 hospitales nacionales durante el 2013.

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Pero ahora tenía la primera cita con el neurocirujano.  Él me pidió los resultados de la resonancia magnética, pero las placas no aparecían. Fue como una señal divina cuando recordé que yo en mi casa tenía guardado un CD con la información, porque extrañamente en el Hospital botaron los resultados de las pruebas. Increíble.

Desde el inicio mucha gente oraba por mí. En el pueblo aparecían amigos, familiares  y vecinos. No importaba la religión. Muchos pedían para que Dios me hiciera un milagro. Recuerdo que el médico observó las placas y no lo pensó mucho.

“Esto no es bueno Manuel, es muy riesgoso”. Además dejó claro que había opciones de que no volviera a caminar. Todo pasó muy rápido. El 31 de agosto del 2013 desperté de la primera operación.  Pude mover las piernas y no pude resistir el llanto. Eso fue una enorme alegría, pero después de seis horas de operación el doctor tan solo pudo sacar un 80% del tumor. La incertidumbre regresó a mi vida e inició un proceso sin rumbo de recuperación.

Ya para esa época me enseñaron a ponerle un tapón a la sonda. Ese instrumento que hoy me acompaña en mi trabajo en un banco estatal y a veces lavo  porque la  solo me entregan 30 unidades por mes. Como si uno orinara una vez  al día. A veces las compro por fuera pero cada una vale mil colones y solo se debe usar una vez. De lo contrario se corre el riesgo de una infección urinaria. Yo ya he tenido cinco.

Pasaron las semanas y el médico tenía que decidir si me volvían a operar. En ese momento me uní a los 92 mil ticos que esperan más de tres meses por una cirugía. Hasta que en abril del 2014, el médico decidió eliminar el 20% restante del tumor.

El riesgo de no volver a caminar estaba latente. En total fueron más de 40 puntadas entre ambas operaciones y no sé cómo sucedió. Aún no lo creo. Escucho cada una de las palabras del médico que me operó. “Manuel, estás sano”. Me dice que alistemos los pasaportes, porque vamos para Roma. Es un milagro.

No sé quién intercedió ante Dios. Tanta gente oró por mí. El pueblo le pedía al Padre Pío, a Juan Pablo Segundo y hasta San Chárbel. Solo puedo agradecer por este inolvidable 30 de abril.  Tres días después me darán la salida del hospital.

Veo que solo me incapacitaron por 15 días. Vuelvo a trabajar rapidísimo. No me explico por qué tan poco tiempo post operación. Pero sonrío. Veo los papeles de la incapacidad, hablo con el doctor y llevo la sonda.  Tengo una nueva oportunidad, aunque no sé para qué.

Johel Solano Castillo

Johel

Soy un contador de historias. De niño quise ser escritor y futbolista; terminé siendo periodista.

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